Hace ya una punta de años que Sun Tzu, general y pensador finísimo, escribió: “El arte supremo de la guerra consiste en someter al enemigo sin combatir”

Es un grave error, entonces considerar que toda guerra implica el uso de la fuerza armada y en la trampa caen los pacifistas de todo pelaje, incluyendo a los Papas como Bergoglio y León, sin contar, por cierto, a quienes se disfrazan de palomas, pero son lobos (caso Pérez Esquivel)
Hay pues otra clase de guerra más sutil y devastadora, si cabe, que es la psicológica, cuya arma principal es la desinformación, expandida por todos los medios de comunicación controlados por la plutocracia mundialista.
Esa guerra es llevada a cabo por el progresismo en todas sus variantes, desde el marxismo hasta el liberalismo más extremo, a través del utopismo, el relativismo y el indiferentismo religioso, que ha penetrado en los católicos des pues del Vaticano II.
Uno de los aspectos de la victoria progresista es el abandono de la voluntad de lucha, ante el temor de ser tenido por “reaccionario”, “nostálgico” y “fascista”, calificativo este último que se aplica a todos cuantos osen levantar la cabeza contra la marea.
Por eso los progresistas chirrían -por dentro y por fuera- ante toda derrota que sufre, sea el terreno que fuere. Es insoportable para ellos que los militares argentinos hayan aplastado a la guerrilla y que Trump, De la Espriella y Fujimori ganen las elecciones. Y aunque algunos se escandalicen me permito agregar al estrambótico Milei, que quiérase o no, nos libró del maléfico kirchnerismo.
Frente e este panorama, mi modesto consejo frente a la guerra psicológica es: descreer en principio de la información tóxica que vierten los medios, leer buenos libros* y mantener la tranquilidad espiritual y pelear el buen combate. Dios no nos pide la victoria sino el testimonio y las heridas infligidas.
Nota del fusilero
Recomiendo a Claude Delmas y Vladimir Volkoff
