CUESTONES VARIAS (una enseñanza de Carlos Alberto Sacheri)

LA LEY DE RECIPROCIDAD EN LOS CAMBIOS

La ley de reciprocidad en los cambios es la que permite fijar las condiciones del intercambio de bienes y servicios económicos, según criterios de justicia.

Su primera formulación fue establecida por Aristóteles en la Ética a Nicómaco (libro V), al determinar los principios y alcances de la justicia conmutativa, que es precisamente aquella forma de justicia que regula las transacciones entre los particulares. A lo largo de la historia de la Iglesia la doctrina aristotélica fue profundizada en particular por S. Tomás de Aquino y por los teólogos bajo el nombre de justo precio de los bienes.

La idea esencial de la ley consiste en afirmar que en todo intercambio de bienes, las condiciones han de ser tales que, en virtud de dicho intercambio, el productor pueda mantener la situación que ocupaba dentro de la sociedad, antes de realizarlo.

Trátase de un principio fundamental de la economía social, de universal vigencia, por cuanto cada miembro del cuerpo social reviste simultáneamente dos funciones económicas; la de productor y la de consumidor. En efecto, cada ciudadano realiza una actividad económica habitual cuyo producido intercambia por aquellos bienes y servicios indispensables para su subsistencia y la de su familia. La aplicación efectiva de la ley de reciprocidad en los cambios le garantiza el mantenimiento de su status social, sin variaciones excesivas. De ahí que esta ley constituya el más eficaz correctivo y regulador de la ley de la oferta y la demanda. Cuando esta última rige el mercado en forma exclusiva, su propia dinámica la lleva a las peores distorsiones, pues la falta de todo elemento regulador no puede sino traducirse en la despiadada opresión de los grupos más poderosos sobre los más débiles, imposibilitados de hacer respetar sus legítimas exigencias frente a los monopolios y “cartels”.

El proceso de «compensación» se verifica igualmente en el orden de la economía nacional, pues los distintos sectores socioeconómicos que participan en el intercambio de bienes (obreros, industriales, productores agropecuarios, comerciantes, etc.) deben poder mantener la posición social que a cada uno corresponde en justicia. En caso contrario, si uno de los grupos participantes en el intercambio de bienes se enriquece y mejora excesivamente su propia posición, ello no puede provenir sino de un empobrecimiento proporcional de alguno de los demás sectores sociales, lo cual afecta el equilibrio del conjunto. Así por ejemplo, los comerciantes que perciben ganancias desmesuradas con relación a los beneficios de los productores industriales o agropecuarios, o los grupos financieros que presionan injustamente al sector empresario imponiéndole elevados intereses, so pena de reducir el giro de las empresas o de tener que cerrarlas.

El error liberal

Dichos desequilibrios constituyen la causa de un sinnúmero de tensiones y conflictos de intereses entre grupos, dificultando el normal funcionamiento del cuerpo social.

El liberalismo capitalista ha negado sistemáticamente el principio de reciprocidad en los cambios, con su desmesurado afán de lucro, invocando absurdamente la utopía de que los egoísmos individuales se armonizan espontáneamente; lo cual traducido en buen romance equivale a sostener que cien mil injusticias individuales engendran automáticamente un orden social justo. Olvida el liberalismo capitalista que la riqueza económica de un pueblo no depende solamente de la abundancia global de bienes, sino también, y principalmente, de su efectiva distribución entre todos los sectores, según normas de justicia («Mater et Magistra»). La malicia del liberalismo económico ha quedado definitivamente denunciada por Pío XI en «Quadragesimo Anno» en términos de excepcional vehemencia:

«Salta a la vista que en nuestros  tiempos no se acumulan solamente riquezas, sino también se crean enormes poderes y una prepotencia económica despótica en manos de muy pocos. Muchas veces no son éstos ni dueños siquiera, sino sólo depositarios y administradores que rigen el capital a su voluntad y arbitrio. Estos potentados son extraordinariamente poderosos; como dueños absolutos del dinero, gobiernan el crédito y lo distribuyen a su gusto. Diríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía y que de tal modo tienen en su mano, por así decirlo, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad. Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi originaria de la economía contemporánea, es el fruto que naturalmente produjo la libertad infinita de los competidores, que sólo dejó supervivientes a los más poderosos, que es a menudo lo mismo que decir los que luchan más violentamente, los que menos cuidan su conciencia. A su vez, esta concentración de riquezas y de fuerzas produce tres clases de conflictos: la lucha se encamina primero a alcanzar ese predominio económico; luego se inicia una fiera batalla para lograr el predominio sobre el poder público y, consiguientemente, de poder abusar de su fuerza e influencia en los conflictos económicos; finalmente, se entabla el combate en el campo internacional, en el que luchan los Estados pretendiendo usar de su fuerza y el poder político y económico sean los que resuelvan las controversias originadas entre las naciones» (n° 105-108).

Tres aplicaciones básicas

El respeto de la ley de reciprocidad en los cambios constituye la única posibilidad de poner término efectivo a los intereses legítimos de los distintos grupos y personas. Todo el orden económico debe estar regido por este principio fundamental. Pero dentro de la economía contemporánea existen tres niveles principales que reclaman su urgente aplicación.

En primer lugar, las relaciones entre el sector obrero y el sector patronal. Al respecto cabe reconocer que la institución de las convenciones colectivas, el desarrollo de la legislación laboral y la difusión de los distintos sistemas de seguridad social, constituyen progresos importantísimos en la línea de un real entendimiento entre patronos y asalariados. Mucho queda por hacer, sin embargo, sobre todo en la actividad agropecuaria y en la minería.

En segundo lugar, y en el plano de la economía nacional; las relaciones entre el sector agropecuario, el sector industrial y el sector financiero. Hoy se ha tomado amplia conciencia del desequilibrio existente entre el sector agropecuario y el sector industrial, al desmejorarse progresivamente la situación del primero con relación al segundo por una serie de factores que concurren a limitar los beneficios de aquél, mientras los de este último crecen en proporción constante. Pero se habla demasiado poco de la común sumisión de ambos sectores frente al sector financiero que los domina cada vez más. Anteriormente, el sector industrial coincidía con el financiero, como lo evidencia la crítica marxista al capitalismo, crítica constantemente dirigida al empresariado. Hoy en día, el sector financiero se ha independizado progresivamente del industrial y tiende a dominarlo por las constantes necesidades crediticias de éste y la enorme movilidad de desplazamiento de las inversiones, que pueden cambiar de una empresa a otra, de un sector a otro y de un país a otro, mediante un simple télex, siempre al acecho de rendimiento óptimos.

Finalmente, las relaciones entre economías subdesarrolladas y economías desarrolladas, tema analizado en «Mater et Magistra» y en «Populorum Progressio» y que traduce al nivel de la economía internacional, el desequilibrio antes señalado a nivel nacional. La desproporción entre ambos tipos económicos se traduce en el deterioro progresivo de los países más pobres, deterioro que terminará por alterar la economía de los mismos países desarrollados (cf. Gunnar Myrdal, Solidaridad o desintegración, FCE R. México).

El rol del Estado

Precisamente en este triple nivel de relaciones económicas debe asumir el Estado su función esencial: la de árbitro supremo entre los distintos sectores en conflicto. Como realizador del bien común político, por encima de banderías e intereses sectoriales, el Estado debe asumir dicho arbitraje a fin de dar vigencia práctica al principio de reciprocidad en los cambios. De este modo, la legítima persecución del bien particular que cada grupo procura para sí, se verá contenida dentro de márgenes equitativos, respetando el bien propio de los tres grupos. Así por ejemplo, una legislación tendiente a reprimir monopolios y trusts en tal o cual rama de la producción o de la comercialización, obrará como eficaz defensa de productores y consumidores. La función de arbitraje se verá considerablemente facilitada en la medida en que las distintas profesiones se organicen y vayan asumiendo el rol vital que deben desempeñar en una economía social.

https://vozcatolica.com/deciamosayer/la-justicia-conmutativa-y-la-reciprocidad-en-los-cambios-carlos-alberto-sacheri-1933-1974/

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DISGREGACIÓN POLÍTICA

El artículo 38 de la Constitución Nacional dispone que:

“Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático.

Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información publica y la difusión de sus ideas.

El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de la capacitación de sus dirigentes.

Los partidos políticos deberán dar publicidad del origen y destino de sus fondos y patrimonio.”

Pura letra muerta es todo ello: los partidos son variopintas sectas y facciones animadas solamente para conseguir el poder a cualquier costa y su único objetivo es la rapiña para fines personales. Y corresponde decir que en esa tarea disolvente son apoyados por jueces que utilizan la ideología y no el derecho.

Hoy estamos gobernados por un rejunte político, un conglomerado producto del hartazgo colectivo, resultante de las tropelías de los Fernández. Voté a Milei-Villaruel nada más que para  salir del pozo, a sabiendas de que se trataba del mal menor político, pese a los que insisten obcecadamente en que éste no existe, como si en la vida sólo existen el blanco y el negro. Es inútil discutir con semejantes ideólogos. (Agrego que albergaba cierta expectativa por la candidata a vicepresidente, pero su conducta posterior me desilusionó totalmente)

Volvamos al rejunte: si ya me había disgustando la súbita alianza con Bullrich.-forjada a instancias del petimetre Mauricio-no puedo decir menos que la aparición de Santilli fue peor.(Tanto la actual senadora como el ministro habían sido descalificados duramente por Milei).

En otros tiempos se votaba a partidos, más o menos organizados y uno sabía a qué podría atenerse.

Ahora corremos el riesgo de la disgregación política, con todos los males que conlleva. Para colmo, la susodicha oposición, que, a falta de programa, se limita a insultar a Milei, después de haber dedicado su tiempo a ocuparse de un personaje menor como Adorni, un  ladronzuelo de cabotaje comparado con los K.

No me siento capaz de hacer “futurología”, como hacen los “opinólogos” que nos agobian a través de la TV.

Solamente afirmo que la disgregación política  es sumamente peligrosa para la existencia nacional.

Que el sayo le caiga a quien corresponda. Así las cosas, no debería sorprendernos de que el año próximo Milei siga siendo el mal menor a quien votar.

Un dato más para verificar el fracaso de la inteligencia argentina.

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PERSONAS Y HECHOS ABERRANTES

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FEUERBACH Y RAHNER: LA ANTROPOLOGÍA AL SERVICIO DE LA REVOLUCIÓN

Feuerbach: La esencia del cristianismo

“Dios es el producto del hombre. No es Dios quien crea al hombre, sino exactamente lo contrario. El hombre crea Dios, proyectando en él su propia naturaleza idealizada”

“El ser divino no es otra cosa que la esencia humana, o mejor, la esencia del hombre liberada de los límites del hombre individual”

Carlos Valverde; Los orígenes del marxismo, BAC

“El objetivo perseguido se expresa abiertamente en  el prólogo: sea trata de la inversión total del cristianismo, de reducir la teología a la antropología, mostrando que todos los predicado referidos a Dios se refieren al hombre…”

(Teófilo Urdanoz,Historia de la filosofía,Tomo IV,BAC)

Julio Meinvielle, La Iglesia y el mundo moderno

La Predicación misionera de la Iglesia desalentada en Karl Rahner[1]

Karl Rahner es un teólogo, que ha adquirido gran notoriedad estos últimos años. Su teología se distingue por su fecundidad en suscitar problemas cuya solución lejos de satisfacer, produce malestar. Su problematicismo sistemático engendra legítimamente escepticismo. A su vez, este problematicismo denuncia una evidente falta de claros principios que pueden dejar de ser tales y convertirse en errores si se los desplaza del lugar que les corresponde y se les asigna un lugar y una significación preponderante. Tal, por ejemplo, la enseñanza de la Iglesia de que Dios da la gracia necesaria para la salvación a todo fiel o infiel que hace lo necesario para salvarse, de acuerdo con el axioma teológico que dice: Facienti quod est in se, Deus no denegat gratiam. Al que hace lo que está en sus manos, Dios no niega la gracia. Esta enseñanza tiene especial significación para los infieles que no tienen oportunidad de recibir la influencia del cristianismo. Aunque esta verdad sea manifiesta, como luego veremos, no hay que asignarle en el plan cristiano de la Iglesia y de la Salvación un lugar primario como si luego la incorporación a la Iglesia visible e histórica no fuera tan necesaria y ocupara sólo un lugar secundario o de supererogación. Porque las cosas se ordenan precisamente al revés.

La Revelación cristiana está toda ella dirigida a exponer el Plan de Dios sobre la Salvación con la venida de Jesucristo a este mundo y con la fundación de la Iglesia, como medio necesario para la Salvación. Este es el camino ordinario y necesario por el que Dios salva a los hombres. A los que sin falta propia no pueden echar mano de este medio, Dios, en sus misteriosos designios, les ha de hacer llegar su gracia —gracia sobrenatural— por caminos que sólo El se reserva, de suerte que puedan salvarse.

Karl Rahner, S. J. ha sistematizado, quizás con excesiva fuerza, lo que él llama un cristianismo invisible, que sería efecto de una “consagración de la Humanidad por la Encarnación del Verbo”. “Al hacerse hombre el Verbo de Dios, dice Rahner, la Humanidad ha quedado convertida real-ontológicamente en el pueblo de los hijos de Dios, aún antecedentemente a la santificación efectiva de cada uno por la gracia”[2]. “Este pueblo de Dios que se extiende tanto como la Humanidad”… “antecede a (la) organización jurídica y social de lo que llamamos Iglesia”[3]. “

Por otra parte, esta realidad verdadera e histórica del pueblo de Dios, que antecede a la Iglesia en cuanto magnitud social y jurídica… puede adoptar una ulterior concretización en eso que llamamos Iglesia”[4]. “Así, pues, donde y en la medida que haya pueblo de Dios, hay también ya, radicalmente, Iglesia, y, por cierto, independientemente de la voluntad del individuo”[5]. De aquí se sigue que todo hombre, por el hecho de ser hombre, ya pertenece, radicalmente, a la Iglesia. Esta pertenencia radical implica una actualidad de pertenencia que no era admitida por Santo Tomás, quien habló sólo de pertenencia en potencia[6], y que es la admitida corrientemente hasta aquí por los teólogos. Esta pertenencia actual, aunque no plenamente desarrollada, da todo derecho para que consideremos y llamamos “cristiano” a todo hombre por ser hombre. Si luego este hombre “asume totalmente su naturaleza humana concreta en su decisión libre”[7], “asume toda su concreta realidad de naturaleza”[8] y “la incorporación al pueblo de Dios se convierte en expresión de este acto

justificante”[9]. En Rahner, por consiguiente, un infiel que sin culpa no pertenece a la Iglesia visible, pero que acepta con decisión personal, su naturaleza humana concreta (que ha sido consagrada por la Encarnación del Verbo) no sólo es cristiano invisible, sino que con esta decisión personal y libre, queda justificado.

Esta opinión de Rahner, S. J., sobre un cristianismo invisible que podría justificar a un infiel, aunque no ponga ningún acto de contenido propiamente sobrenatural; es sin duda atrevida y aunque pudiera ser defendida legítimamente dentro de las opiniones católicas, no debe ser destacada en forma tal que haga debilitar verdades fundamentales y primeras de las enseñanzas católicas.

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CUESTIONES VARIAS

LA ECONOMÍA LIBERAL

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.

La burguesía despojó de su halo de santidad todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían a la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares.

 

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GALERÍA DE INMUNDICIAS (DEMÓCRTAS USA, UNIVERSIDAD NACIOAL DE QUILMES)

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CUESTIONES VARIAS

Escribo esto como nacionalista católico que soy. Por lo tanto no rechazo la herencia del buen conservadorismo argentino

¡Viva Don Manuel Fresco!

Hayek ¿Por qué no soy conservador?

En Las fuentes de la libertad, afirma el capanga de la denominada Escuela Austríaca de Economía

“En un solo aspecto puede decirse con justicia que el liberal se sitúa en una posición intermedia entre socialistas y conservadores. En efecto, rechaza tanto el torpe racionalismo del socialista, que quisiera rehacer todas las instituciones sociales a tenor de ciertas normas dictadas por sus personales juicios, como del misticismo en que con tanta facilidad cae el conservador.

El liberal se aproxima al conservador en cuanto desconfía de la razón, pues reconoce que existen incógnitas aún sin desentrañar; incluso duda a veces que sea rigurosamente cierto y exacto todo aquello que se suele estimar definitivamente resuelto, y, desde luego, le consta que jamás el hombre llegará a la omnisciencia. El liberal, por otra parte, no deja de recurrir a instituciones o usos útiles y convenientes aunque no hayan sido objeto de organización consciente. Difiere del conservador precisamente en este su modo franco y objetivo de enfrentarse con la humana ignorancia y reconoce lo poco que sabemos, rechazando todo argumento de autoridad y toda explicación de índole sobrenatural cuando la razón se muestra incapaz de resolver determinada cuestión. A veces puede parecernos demasiado escéptico pero la verdad es que se requiere un cierto grado de escepticismo para mantener incólume ese espíritu tolerante típicamente liberal que permite a cada uno buscar su propia felicidad por los cauces que estima más fecundos.

De cuanto antecede en modo alguno se sigue que el liberal haya de ser ateo. Antes al contrario, y a diferencia del racionalismo de la Revolución Francesa, el verdadero liberalismo no tiene pleito con la religión, siendo muy de lamentar la postura furibundamente antirreligiosa adoptada en la Europa decimonónica por quienes se denominaban liberales. Que tal actitud es esencialmente antiliberal lo demuestra el que los fundadores de la doctrina, los viejos whigs ingleses, fueron en su mayoría gente muy devota. Lo que en esta materia distingue al liberal del conservador es que, por profundas que puedan ser sus creencias, aquél jamás pretende imponerlas coactivamente a los demás. Lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse”.

Notas del Fusilero

1)En el Diccionario Político de Ashfor y Davies se defines al conservadurismo comoun conjunto de más o menos bien definido de políticas diseñado para preservar lo mejor de lo que se heredado a la luz de las circunstancias cambiantes y no anticipadas

Esto supone que,, al oponerse al conservadorismo, Hayek no quiere preservar “lo mejor de lo que se ha heredado”, introduciendo un principio revolucionario  y utópico, que afecta al mimo ser del hombre, que no puede desprenderse, asi como así, ni de su propio pasado ni el de su comunidad.

2)Es una exageración sostener que el conservadorismo “cae con facilidad en el místicismo” sin hacer ninguna distinción entre los principales pensadores de  corriente. Quizá el sayo pueda caberle, en parte, a De Maistre, pero de ninguna manera al  ilustre irlandés Burke, autor de un texto fundacional como Reflexiones sobre la Revolución Francesa

3)Pero  Hayek acierta al decir que el liberal “rechaza todo argumento de autoridad y toda explicación de índole sobrenatural”, aceptados por todo ser humano sencillo y normal. Dicho de otra forma, el liberalismo “muy humano” no es.

4)También no falta a la verdad cuando sostiene que “el escepticismo es necesario para” mantener incolumne el espíritu tolerante típicamente liberal”. (que los liberales son tolerantes es un cuanto chino: díganselo a Locke y sus secuaces))

Deja constancia entonces  del repudio a toda apertura a la trascendencia,  consagrando así la total autonomía del hombre respecto a Dios. Podrá haber liberales no ateos, pero no van más allá del deísmo.

5)Y despacharse con eso de que  “cada uno busque la propia felicidad  por los cauces que estime más fecundos” es dar piedra libre al capitalismo más despiadado y a la plutocracia.

6)En resumen, con el planteo de Hayek, se liquida todo recurso a la tradición histórica de los pueblos cristianos, nada más ni nada menos. Maligna faena del capitoste, pues. Quizás  en otro momento volvamos sobre el tema. Por último señalo que Hayek era un hombre inteligente y agudo que, a pesar de su liberalismo, cuestionó al estatismo y al socialismo. Algo de conservador tendría en el fondo.

Poco o nada que ver, por cierto, con sus menesterosos seguidores locales.

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LA IMPORTANCIA DE LA GUERRA PSICOLÓGICA

Hace ya una punta de años que Sun Tzu, general y pensador finísimo, escribió: “El arte supremo de la guerra consiste en someter al enemigo sin combatir”

Es un grave error, entonces considerar que toda guerra implica el uso de la fuerza armada y en la trampa caen los pacifistas de todo pelaje, incluyendo a los Papas como Bergoglio y León, sin contar, por cierto, a quienes se disfrazan de palomas, pero son lobos (caso Pérez Esquivel)

Hay pues otra clase de guerra más sutil  y devastadora, si cabe, que es la psicológica, cuya arma principal es la desinformación, expandida por todos los medios de comunicación controlados por la plutocracia mundialista.

Esa guerra es llevada a cabo por el progresismo en todas sus variantes, desde el marxismo hasta el liberalismo más extremo, a través del utopismo, el relativismo y el indiferentismo religioso, que ha penetrado en los católicos des pues del Vaticano II.

Uno de los aspectos de la victoria progresista es el abandono de la voluntad de lucha, ante el temor de ser tenido por “reaccionario”, “nostálgico” y “fascista”, calificativo este último que se aplica a todos cuantos osen levantar la cabeza contra la marea.

Por eso los progresistas chirrían -por dentro y por fuera- ante toda derrota que sufre, sea el terreno que fuere. Es insoportable para ellos que los militares argentinos hayan aplastado a la guerrilla y que Trump, De la Espriella y Fujimori ganen las elecciones. Y aunque algunos se escandalicen me permito agregar al estrambótico Milei, que quiérase o no, nos libró del  maléfico kirchnerismo.

Frente e este panorama, mi modesto consejo frente a la guerra psicológica es: descreer en principio de la información tóxica que vierten los medios, leer buenos libros* y mantener la tranquilidad espiritual y pelear el buen combate. Dios no nos pide la victoria sino el testimonio y las heridas infligidas.

Nota del fusilero
Recomiendo a Claude Delmas y Vladimir Volkoff

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SOBRE LA DEMOCRACIA (de Corte-Meinvielle-Castellani-Diccionario de Teología Moral-D´Angelo Rodríguez)

1)“La democracia es un régimen político tan viable como cualquier otro, a condición de que sea el resultado de una sociedad viva. El orden político está en estricta dependencia del orden social y no a la inversa”.

“La democracia política que no esté sustentada por una sólida democracia social preexistente, es decir sobre las realidades familiares, profesionales, comunales y regionales a medida del hombre, estrictamente despolitizadas, es la muerte de un pueblo. Si nosotros queremos purgar la democracia de sus males y devolverle la salud, hay que realizar la sanatio in radice indispensable y, por fuera de la política, establecer los fundamentos sociales del régimen que parece ser el de nuestra época. No decimos que la cosa sea fácil, sino absolutamente lo contrario. Pero entre vivir socialmente o perecer políticamente, la elección de todo hombre no cegado por los prejuicios de un tiempo absurdo está hecha”.

(Marcel de Corte, Essai sur la fin d´ une civilisation, Librairie De Médicis, Paris, 1949, p.112)

2)Como el individualismo ha sido la premisa del colectivismo, así la democracia mecánica, formalista, que se resuelve solo con la suma matemática de los votos (seudodemocracia) ha cedido el paso a un triunfante poder de la masa sobre el individuo. La democracia tiene sus defectos. Para gobernar son precisas facultades morales e intelectualmente adecuadas: pero como todo ciudadano tiene derecho a presentarse como candidato es evidente la posibilidad de que haya intrusos. Además, los partidos durante la campaña electoral se dejan llevar por grandes promesas que después no están en condiciones de realizar. La demagogia es por lo tanto un fenómeno ordinario de la corrupción de la democracia La democracia puramente formalista y mecánica, llega al burocratismo, a la superación de la responsabilidad, a la opresión de las minorías, al predominio de las finanzas(plutocracia), a extravíos políticos profesionales, a la corrupción. Sólo una comunidad orgánica que ha vivido como unidad de vida nacional para realzar el fin común, puede dar bases seguras a la vida democrática.

(Diccionario de Teología Moral, Roberti-Palazzini, Editorial Litúrgica Española,1960, Barcelona, págs.354.355)

3) LA DEMOCRACIA TRADICIONAL, SEGÚN EL PADRE MEINVIELLE

Para que nadie – sino los que por su jactancia no quieren ni pueden conocer la verdad, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen- se llame al engaño, comienza el Pontífice su alocución* afirmando el carácter tradicional de la democracia sana, que si siempre fue optativa para los pueblos pareciera ser imperativa. Apenas precisa recordar-dice- que según las enseñanzas de la Iglesia no está prohibido preferir con moderación las formas populares del gobierno, sin perjuicio, empero, de las enseñanzas católicas sobre el origen y el uso de la autoridad; y que la Iglesia «no desaprueba ninguna entre las formas de gobierno, siempre que éstas sean conducentes al bien común de los ciudadanos”. (León XIII, encíclica Libertas, 20 junio de 1888). Y en estas palabras tradicionales, expresamente recordadas, hasta toda la doctrina que el Pontífice no hace sino esclarecer.

La democracia que Pío XII  considera aceptable, primero, no es la democracia pura -hacia la que tiene el mundo moderno-, sino una forma popular moderada; segundo, no la proclama ni la mejor ni la única buena; tercero, no debe estar condicionada por la idea de libertad, sino por la del bien común; cuarto, supone la constitución, no de una masa igualitaria, sino de un pueblo jerárquicamente estructurado; y, exige una autoridad real y eficaz, derivada y sometida a Dios; sexto, comprende un cuerpo legislativo compuesto por hombres selectos, espiritualmente superiores y de carácter  que se consiguen representantes del pueblo entero y no mandatarios de una chusma; séptimo, que no incurra en absolutismo de Estado.

Es decir, que el Santo Padre, partiendo, como de base de la idea de que la democracia importa un autogobierno o participación de la multitud en el gobierno, establece las condiciones o recaudos que, templando y modelando este autogobierno o participación de la multitud en el gobierno, pueda dar origen a una forma legítima y sana de la democracia.

Exactamente lo mismo que hacían Aristóteles y Santo Tomás, quienes después de analizar la naturaleza última de la democracia, llegaban a la conclusión de injusticia y perversidad si era llevada a las últimas consecuencias entrañadas por su concepto; pero reconocía que esa tendencia al autogobierno de la multitud, si no se le permitía llegar a las últimas consecuencias, sino que era templada y moderada con elementos de otras formas puras como la unidad de la monarquía, la virtud de la aristocracia, y aún la riqueza de la oligarquía, podía ser un régimen legítimo y aceptable, que denominaban «politia» o república.

Condiciones, en rigor, antidemocráticas que, al templar y moderar la perversidad expansiva del igualitarismo universal absoluto, dan origen a una cierta y conveniente participación de la multitud en el poder.

De aquí se sigue que la democracia tradicional aceptada por el Pontífice implica la reprobación de la democracia moderna, tanto en la forma liberal y socialista, como en la absurda de los católicos democratistas. Porque estas democracias se apoyan en un concepto de una nueva civilización; niegan o rebajan el origen divino de la autoridad; hacen del pueblo un mito; no pueden evitar la tiranía de la cantidad y del número; identifican la justicia con el régimen popular; están impulsadas por el igualitarismo universal absoluto, etcétera.

Posibilidad de la democracia tradicional

La alocución del soberano Pontífice, al preconizar la democracia tradicional, ha vuelto a plantear las posibilidades de la democracia en las condiciones actuales de la vida moderna, sin que el hombre esté atomizado por 400 años de progresiva descristianización. ¿Cómo estructurar la sociedad para que sea pueblo y no masa? ¿Cómo se puede difundir la idea de bien común a una masa que ha perdido las nociones fundamentales de los valores morales? ¿Qué procedimientos emplear para qué, sin alterar los anhelos de igualdad, se logre la asamblea de selectos de que habla el Pontífice? ¿Cómo asegurar un gobierno- expresión de la nación, cuando ésta se halla dividida por tantas banderías y disensos? ¿Sobre qué base realizar la unidad de los pueblos?

Se aprecia el alcance de estos tremendos interrogantes cuando se tienen presentes las palabras de Pío XII, en Summi Pontificatus, referentes al proceso de descristianización, valederas perfectamente a las muchedumbres universales:

Muchos, tal vez, al alejarse de la doctrina de Cristo no tuvieron pleno conocimiento de que eran engañados por el falso espejismo… habla a del progreso cuanto retrocedían; de elevación cuando se degradaba; y la ascensión a la madure cuando se esclavizaban… ahora bien, el problema es gravísimo. Porque no hay duda que es certísimo lo que dice el Papa, que aleccionados por amargas experiencias, los pueblos se oponen hoy con mayor agresividad contra toda concentración dictatorial, pero no es menos cierto que después de cuatro siglos de descristianización sistemática de los pueblos se encuentra en una postración humana, intelectual y moral, espantosa; los pueblos están devorados por profundas disensiones que no provienen únicamente del ímpetu de las pasiones rebeldes, sino de la profunda crisis espiritual, que ha trastornado los sanos principios de la moral privada y pública y ha hecho naufragar aquella conciencia de lo justo y de lo injusto, de lo lícito y lo ilícito que posibilita los acuerdos, mientras refrena el desencadenarse las pasiones y deja abierta la vía a una honesta inteligencia.

Sentido del mensaje papal

De aquí que sea éste el sentido del mensaje papal. ¿Queréis democracia, y una democracia mejor?, dice a los pueblos del Papa. Tomadla, con tal que ella sea tal que respeten las leyes esenciales de las sociedades políticas, que deben regirse por el bien común. La Iglesia no se opone a ello; y aunque considera accesorios e indiferentes los regímenes políticos, cree conveniente que, hoy más que nunca cierta participación de los pueblos en su propio gobierno. Pero sabed que cuanto mayor sea esta democracia o participación, más necesaria será que mi influencia se haga sentir profunda y universalmente. Ella exigirá de vosotros una humilde y total aceptación de todas las enseñanzas de los Pontífices Romanos, desde Gregorio XVI en la Mirari Vos, Pío IX en el Syllabus, hasta León XIII, Pío X, Pío XI, donde se condenan los pestíferos errores modernos y se establecen las bases auténticas de la ciudad cristiana.

Las palabras del Papa se hacen oír en un momento de excepcional solemnidad. Porque los pueblos, en loca pendiente, vienen alucinados por el progreso falso, y están a punto de caer en el abismo del comunismo ateo. La democracia, de que andan embriagados conduce inexorablemente a ese abismo. Ningún poder humano puede liberarlos de que (en) él se precipitan sin remedio. El poder material del Estado en el que muchos habían depositado su confianza y que con mano fuerte y totalitaria había intentado detener el alud, tiene que confesar su fracaso.

Entonces, ¿qué? Entonces habla la Iglesia por boca de su pastor supremo y dice: sólo yo puedo liberarlos. No con la democracia, que es una forma política accesoria e indiferente, sino a pesar de la democracia, que por sus exigencias metafísicas tiende a perderos. Yo puedo vencer la dialéctica de la historia, y si humanamente el mundo le pertenece hoy a Moscú, por disposición divina a mí me corresponde salvar a la humanidad, ayer, hoy y siempre, hasta la consumación de los siglos.

Y sólo Roma puede elevar las multitudes a la virtud para qué entonces sin peligro pueda ser virtuosa la ciudad. Porque es un poder santificante, ella puede transformar por dentro al hombre, y de la condición materialista en que por sí mismo es arrastrado puede levantarle a la verdadera virtud y a la verdadera libertad, que sólo se alcanza en la santidad, cuando uno, lleno de orden y de virtud, se autodetermina al orden y a la virtud.

Por esto, cada día aparece más claro que la humanidad, desgarrada hoy en las entrañas de su ser, que pide libertad y democracia, sin saber que pide ni como lo ha de conseguir, sólo puede ser salvada por la Efusión del Espíritu de Dios, que sólo habita en la Iglesia Católica. Efusión que llegue a las almas individuales y quise también a las estructuras sociales. Si no quiere caer en la esclavitud de Moscú, la humanidad debe someterse a la disciplina sobrenatural de Roma.

Julio Meinvielle, Filosofía de la democracia moderna, -A propósito de la alocución del Papa Pío XII en la Navidad de 1944 (artículo aparecido en “Nuestro Tiempo”,16-3-45, reproducido en Concepción católica de la política,3ª edición, Ediciones Theoría, Buenos Aires,1961,págs.171-174)

4)No es raro que los cuestionadores de la democracia suelan tachar de liberal-russoniano al jesuita Francisco Suárez, considerándolo partidario del contrato social de JJR. Lo que entiende Suárez decir es que la autoridad civil no puede ejercitarse sino para el pueblo y con algún modo de consentimiento suyo; mientras el Roseau(sic)pretende que debe ejercerse por el pueblo, y por medio de representantes o  mandantes elegidos explícitamente tiro a tiro, que por un lado tienen atribuciones   ilimitadas y deiformes en forma realmente monstruosa ,y por otra pueden ser depuestos al capricho de la multitud, ornada de una especie de Voluntad Divina, es decir, Infalible, Sapientísima y Creadora del Bien y del Mal. Error siniestro y herético, causa de todas las revueltas modernas y del terrible  envenenamiento político cuyas convulsiones todo el mundo sufre en este momento:

(Leonardo Castellani, “Sobre la democracia”, en Seis ensayos y tres cartas, Ediciones Dictio, Buenos Aires,1978, pág.51)

4) DEMOCRACIA ARISTOCRÁTICA Y DEMOCRACIA DE MASA

Este es uno de los comentarios que hizo el inolvidable Aníbal D´ Angelo Rodríguez a la recopilación de artículos del Padre Castellani, recogidos en el último de sus libros publicados:

“La forma democracia aplicada en una sociedad cristiana y aristocrática da un resultado que no sólo es distinto sino en algunos aspectos diametralmente opuesto al que resulta de la misma forma aplicada a una sociedad de masas posmoderna.

Hay buena parte de verdad en lo que alegan muchos politólogos, desde Pareto a la fecha, de que todos los regímenes son, en definitiva, aristocracias u oligarquías (oligos: pocos). En ninguna monarquía el rey hace todos los oficios del poder y en ninguna democracia moderna (tampoco en las antiguas, si vamos al caso) gobierna todo el demo: ambas necesitan lo que hoy se llama una «clase política». Si esto es así, el problema central de toda forma de gobierno es seleccionar a esa clase, es decir a «los mejores» (aristos) y los sistemas políticos no se diferencian por el número de los titulares del poder sino sólo por dos cosas: a) cómo definen a los mejores; y b) cómo, y por qué métodos hacen la selección.

En la democracia aristocrática de fines del XIX la selección la hacía previamente la sociedad y el mecanismo eleccionario se limitaba a sancionar lo que la sociedad había hecho. En esa sociedad, los valores predominantes eran todavía cristianos y de una u otra manera influían en la conducta de la gente y guiaban el criterio de selección. Como resultado, el Congreso- la institución clave de una democracia- reunía a muchos de los auténticamente mejores y sus debates eran muchas veces, en verdad, esclarecedores.

En la democracia de masa de fines del siglo XX, como ya no hay prestigios sociales establecidos, la forma fue altamente racional de elegir ha pasado a la alternativa de «imágenes» (no hay político exitoso o fracasado- que no tenga su «asesor de imagen») que proyectan los medios de difusión. El pensamiento posmoderno (¡ha sido identificado por otros como «pensamiento débil» y! vaya si lo es!) no proporciona guía alguna de selección. Para colmo han crecido, hasta ocupar el centro del espacio político, los partidos, que durante la moldura parte del siglo pasado eran meros clubes electorales sin existencia real más a la del tiempo de elecciones. Y han agregado una pre-selección, que se hace en su seno, y que aleja a los mejores”.

(La otra Argentina, Vórtice-Jauja, Buenos Aires-Mendoza 2020, p.71-72)

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CUESTIONES VARIAS SOBRE EL FIN DE LA HISTORIA

Para el hombre clásico, la historia era algo circular, con sus corsi e riccorsi, como enseñaba el gran napolitano Vico. Y era así. Dado que la naturaleza humana era siempre la misma. Solía decir mi maestro Alberto Falcionelli “la historia siempre se repite, hasta el vómito”, porque es un continuo “volver a empezar”

Podemos ejemplificar a través del esquema aspiración, maduración y caída de las civilizaciones, quedando para las mentes lúcidas discernir cuando aparecían los signos de cada una de esas etapas. En el libro VIII de La República, Platón ofrece una clase magistral (como todas la suyas), sobre lo que sucede con los distintos regímenes políticos y el papel que juega la hybris en su hundimiento y desaparición

Para el hombre moderno, moldeado en la mala filosofía cartesiano-hegeliana, la historia es una línea recta indefinida que opera por sí sola, independientemente de la voluntad humana, tendiendo a un fin sólo conocido por los gnósticos iluminados, como Carlos Marx o un Fukuyama. Un griego tendría por cierto que esto es pura barbarie intelectual.

Baste recordar que para el marxismo el fin de la historia era la implantación de la sociedad sin clases, que aparejaba la extinción del Estado.

En cuanto a la mentalidad liberal, se puede afirmar, en términos generales, que el fin de la historia es procurar la mayor felicidad posible, conforme a la consigna lockeana estampada en la Constitución de los USA.

Pero lo que sucedió es que el marxismo finiquitó en Rusia en 1989 y se instaló en Occidente con el Gramcismo*.

Y sobre la felicidad con la que soñaban los liberales, hagamos memoria de lo sucedido al finalizar la Primera Guerra Mundial, cuando se aclamó al Tratado de Versalles, que terminaría con todas las guerras, según el magín de ese optimista incurable que fue Woodrow Wilson.

Más le hubiese valido considerar la advertencia de Lloyd George: “Versalles será causa de la próxima guerra mundial”

Y termino con otro de mis maestros, el Padre Julio Meinvielle:

“La Historia Santa es, en definitiva, la historia de Cristo y de la Iglesia, su Cuerpo Místico. Hay otra historia, una historia profana, que escribe el hombre marcando su huella en todos los rincones de la tierra. Esta es la historia de las diversas civilizaciones que se suceden en el predominio de los acontecimientos humanos. Aunque parece aquí prevalecer la voluntad del hombre, Adviértese sin embargo una dosis grande de necesidad, de fatalidad, «fatum», por donde se vislumbra cómo la acción providencial divina condiciona y cómo dirige la marcha de los acontecimientos humanos hacia fines, cuyo conocimiento se reserva. Es que, en realidad, no hay sino una única historia, la que escribe Dios con el concurso de todas las criaturas. Esta historia es un drama grandioso, con su principio, con su nudo y trama y con su desenlace.

La Augusta Trinidad inicia el desarrollo escénico con la obra de la creación. La creatura inteligente, creada gratuitamente por Dios, desordena con su pecado el primitivo plan divino, sembrando desorden donde Dios puso orden. Dios aprovecha la culpa y el desorden del hombre para la realización de un plan más admirable de reparación, donde resplandezca su justicia y su divina misericordia. Cristo resucitado es la pieza maestra de este plan. Y con Cristo, sus elegidos. Cuando el Cuerpo de Cristo logre su plenitud, la historia habrá terminado.

https://www.traditio-op.org/biblioteca_no_OP/Meinvielle/Los_judios_en_el_misterio_de_la_historia_y_de_la_escatologia_por_Julio_Meinvielle.pdf

Ver *Karl Gottfried, The Strange Death of Marxism

SOBRE EL HIJOPUTISMO

No hago más que copiar y pegar:

En un comunicado, la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) expresó su pesar por el fallecimiento de Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, más conocida como Taty Almeida, y su cercanía con la familia y amigos, así como con las Madres de Plaza de Mayo.

El texto resalta la valentía y responsabilidad de Taty en tiempos difíciles, su testimonio para las nuevas generaciones y reafirma el deseo de que “Nunca Más” el terrorismo de Estado se adueñe de las instituciones argentinas”.

El comunicado, con fecha del 15 de mayo, fue firmado por el arzobispo de Mendoza, monseñor Marcelo Daniel Colombo, presidente de la Conferencia Episcopal, y por monseñor Raúl Pizarro, obispo auxiliar de San Isidro y secretario general.

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