LA SOBERANÍA SOCIAL PRECEDE A LA SOBERANÍA POLÍTICA

En el rico y amplio pensamiento de Don Juan Vázquez de Mella-el bien llamado “Verbo de la Tradición”- se encuentra una distinción fundamental entre la soberanía social y la soberanía política

Decía el ilustre carlista: “la soberanía social es la que nace y brota del manantial de la familia por una serie jerárquica y ascendente de organismos sociales, que no brotan de arriba, ni nacen por merced, ni concesión de Estado” y que “es superior a la soberanía política por algunos conceptos: lo es la política en cuanto ordena y rige, pero es inferior en cuanto necesita todos los medios materiales, económicos y de coacción que tiene que tomar de la soberanía social. Cuando la soberanía social invade la política, la disgrega, la rompe, y entonces surge la anarquía, y si el combate sigue en cada grado de la escala, la anarquía seguirá descendiendo hasta producir la disolución de la sociedad. Cuando chocan violentamente estalla la revolución”.

Dicho de otra forma: la soberanía social es la expresión de la Nación histórica, que valiéndose de la soberanía político permite que la comunidad política se organice jurídicamente, a través de la forma de gobierno que se adecue a su tradición

Por cierto, en el caso de Mella, la forma de gobierno que convenía a España era la monarquía tradicional, sintetizada en el lema “Dios, Patria, Fueros, Rey”. (Me ahorro los adjetivos que le puedan caber a la monarquía española de hoy, nacida de la voluntad de Franco, que la “chingó fiero” cuando designó como sucesor a un absoluto tarado como Juan Carlos, digno descendiente de otro tarado como Fernando VII).

En el caso argentino, sería bueno introducir en el pensamiento político la concepción del notable asturiano. Lo que importa es mitigar los efectos deletéreos de nuestra democracia -por llamarla de alguna forma.

Pero eso será materia de una próxima nota.

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PARA ESTO PIDEN MAYOR PRESUPUESTO

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LIBERTARIANISMO Y DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Alejandro Villarruel en Biblia y Tradición

Libertad, propiedad, mercado, autoridad y bien común en Hispanoamérica

El desacuerdo fundamental

A primera vista, el encuentro entre el libertarianismo hispanoamericano reciente y la doctrina social de la Iglesia puede parecer menos conflictivo de lo que suelen admitir sus respectivos partidarios. Ambos hablan de propiedad privada; ambos desconfían, aunque por motivos distintos, de un poder político que invade competencias ajenas; ambos pueden defender la iniciativa económica, la asociación libre, la responsabilidad personal, la descentralización y la necesidad de limitar estructuras burocráticas que terminan sustituyendo a la sociedad. Incluso ciertas denuncias contemporáneas del libertarianismo contra la inflación, el clientelismo, la corrupción, los privilegios regulatorios o la fiscalidad desproporcionada encuentran paralelos evidentes en una tradición católica que nunca identificó el bien común con el crecimiento ilimitado del Estado. El desacuerdo no aparece, por tanto, allí donde suele buscarlo la polémica superficial. No comienza preguntando si la Iglesia prefiere «más Estado» y el libertarianismo «más mercado». Comienza más abajo, en el significado mismo de palabras que ambos utilizan: libertad, propiedad, individuo, justicia, autoridad, contrato, sociedad.

Éste es el punto que vuelve intelectualmente interesante el problema. Dos doctrinas pueden emplear el mismo vocabulario y referirse, sin embargo, a realidades distintas. El libertarianismo radical puede hablar de libertad y entender primordialmente ausencia de interferencia coercitiva; la tradición católica puede utilizar la misma palabra y referirse a una perfección de la voluntad racional ordenada al bien. Ambos pueden defender propiedad privada, pero uno puede tender a organizar su teoría jurídica desde la soberanía del titular mientras el otro la inserta en un orden anterior de justicia y destino universal de los bienes. Ambos pueden valorar el mercado, pero uno puede verlo como institución central de coordinación del orden libre y el otro como mecanismo eficaz subordinado a un marco moral y jurídico que no nace del propio mercado. Ambos pueden rechazar el Estado absorbente, pero uno puede terminar cuestionando la autoridad política misma mientras el otro distingue cuidadosamente entre poder legítimo y tiranía. La semejanza verbal oculta, por tanto, una divergencia antropológica.

El atractivo de una rebelión contra el estatismo

El libertarianismo hispanoamericano contemporáneo no surgió en un vacío. Resultaría demasiado cómodo describirlo exclusivamente como difusión regional de Rothbard, Mises o Hayek. Su fuerza política se explica también por una historia de frustraciones acumuladas: inflación persistente, pérdida del poder adquisitivo, monedas desacreditadas, impuestos complejos, burocracias extensas, informalidad laboral, empresas estatales ineficientes, clientelismo, corrupción y privilegios económicos concedidos por el poder. Donde el Estado destruye periódicamente el ahorro, impide al pequeño empresario formalizarse con facilidad, protege sectores económicamente cercanos al gobierno y transforma determinadas prestaciones en instrumentos partidistas, el mensaje de «dejen trabajar, dejen producir, dejen conservar lo ganado» adquiere una fuerza que no necesita demasiada teoría para ser comprendida.

Sería un error católico responder a esa experiencia defendiendo automáticamente las instituciones que provocaron la reacción. La doctrina social no exige justificar inflación, presión fiscal excesiva, monopolios estatales, regulaciones absurdas ni aparatos burocráticos que desplazan a familias y asociaciones. El principio de subsidiariedad permite incluso formular contra el estatismo una crítica más profunda que la simple eficiencia económica: una institución superior puede actuar injustamente no sólo porque administre mal, sino porque se apropia de una función que corresponde legítimamente a una comunidad menor.

El libertarianismo, por tanto, acierta muchas veces en el diagnóstico. La divergencia comienza en la conclusión. Que un Estado concreto haya abusado de su potestad no demuestra que toda autoridad política sea ilegítima. Que un impuesto determinado sea confiscatorio no demuestra que toda contribución al sostenimiento de bienes comunes sea robo. Que una regulación destruya empleo no demuestra que toda norma económica sea injusta. Que el mercado coordine mejor innumerables actividades no demuestra que el mercado pueda establecer por sí mismo la medida moral de todas ellas.

El paso desde «esto funciona mal» hasta «esto carece de legitimidad por naturaleza» no es una conclusión económica. Es un salto filosófico.

El libertarianismo real y el libertarianismo como filosofía

Conviene además distinguir cuidadosamente el libertarianismo político contemporáneo de una construcción doctrinal pura. Mises, Hayek y Rothbard pertenecen, en sentidos distintos, a la tradición austríaca, pero no ofrecen la misma filosofía política. El minarquista admite un Estado reducido a determinadas funciones; el anarcocapitalista cuestiona incluso ese residuo. En Hispanoamérica, estas tradiciones se mezclan además con conservadurismo cultural, crítica populista de las élites, defensa de valores tradicionales y pragmatismo político.

Javier Milei constituye hoy el ejemplo político más visible de esa combinación. Su lenguaje y sus referencias permiten establecer una filiación real con Rothbard y con Alberto Benegas Lynch, pero no una identidad absoluta. Allí donde Rothbard sistemático lleva ciertos principios hasta la abolición del Estado, la política concreta obliga a Milei a gobernar desde una institución cuya legitimidad teórica mantiene bajo sospecha. Esa tensión no es secundaria; muestra precisamente la distancia entre una filosofía política construida deductivamente y una comunidad real que necesita resolver seguridad, justicia, moneda, infraestructura y administración.

Esto permite delimitar mejor el objeto de la crítica. No se trata de discutir toda defensa del mercado libre ni toda reducción del Estado. Se trata de analizar lo que ocurre cuando propiedad, consentimiento y no agresión dejan de ser principios parciales dentro de un orden moral y se convierten en estructura suficiente para reconstruir la totalidad de la sociedad.

La pregunta oculta detrás de la libertad

El libertarianismo radical posee una pregunta característica: ¿quién tiene legítimamente control sobre qué? La pregunta es importante. Permite detectar invasiones, confiscaciones, esclavitud, fraude y apropiación indebida. Pero la tradición tomista formula una pregunta anterior: ¿qué es lo debido a cada uno?

Esta diferencia parece abstracta hasta que se examinan sus consecuencias.

El principio de no agresión (NAP) prohíbe invadir aquello que legítimamente pertenece a otro. Pero para saber qué constituye agresión hay que saber previamente qué pertenece legítimamente a ese otro, qué facultades tiene sobre ello, qué obligaciones lo limitan y qué autoridad puede intervenir en caso de incumplimiento. La palabra «agresión» no resuelve la teoría de justicia; la presupone.

De ahí que la dificultad del NAP no consista en que sea falso como prohibición de violencia injusta. El problema es su pretensión de suficiencia. Antes de aplicar el principio es necesario disponer de una teoría previa sobre persona, propiedad, deber, contrato, autoridad y bien común.

Santo Tomás permite formular el problema con mayor precisión mediante la distinción entre justicia conmutativa, distributiva y legal. La justicia conmutativa regula principalmente lo debido entre particulares; la distributiva considera la proporción entre comunidad y miembros respecto de bienes y cargas; la justicia legal ordena actos particulares al bien común. El principio de no agresión puede expresar adecuadamente algunos deberes propios de la primera esfera, pero no puede sustituir las otras dos. No todo deber consiste en abstenerse. El padre debe alimentar al hijo; el deudor debe restituir; quien causa daño debe repararlo; la comunidad posee determinadas obligaciones respecto de bienes comunes.

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CUESTONES VARIAS (una enseñanza de Carlos Alberto Sacheri)

LA LEY DE RECIPROCIDAD EN LOS CAMBIOS

La ley de reciprocidad en los cambios es la que permite fijar las condiciones del intercambio de bienes y servicios económicos, según criterios de justicia.

Su primera formulación fue establecida por Aristóteles en la Ética a Nicómaco (libro V), al determinar los principios y alcances de la justicia conmutativa, que es precisamente aquella forma de justicia que regula las transacciones entre los particulares. A lo largo de la historia de la Iglesia la doctrina aristotélica fue profundizada en particular por S. Tomás de Aquino y por los teólogos bajo el nombre de justo precio de los bienes.

La idea esencial de la ley consiste en afirmar que en todo intercambio de bienes, las condiciones han de ser tales que, en virtud de dicho intercambio, el productor pueda mantener la situación que ocupaba dentro de la sociedad, antes de realizarlo.

Trátase de un principio fundamental de la economía social, de universal vigencia, por cuanto cada miembro del cuerpo social reviste simultáneamente dos funciones económicas; la de productor y la de consumidor. En efecto, cada ciudadano realiza una actividad económica habitual cuyo producido intercambia por aquellos bienes y servicios indispensables para su subsistencia y la de su familia. La aplicación efectiva de la ley de reciprocidad en los cambios le garantiza el mantenimiento de su status social, sin variaciones excesivas. De ahí que esta ley constituya el más eficaz correctivo y regulador de la ley de la oferta y la demanda. Cuando esta última rige el mercado en forma exclusiva, su propia dinámica la lleva a las peores distorsiones, pues la falta de todo elemento regulador no puede sino traducirse en la despiadada opresión de los grupos más poderosos sobre los más débiles, imposibilitados de hacer respetar sus legítimas exigencias frente a los monopolios y “cartels”.

El proceso de «compensación» se verifica igualmente en el orden de la economía nacional, pues los distintos sectores socioeconómicos que participan en el intercambio de bienes (obreros, industriales, productores agropecuarios, comerciantes, etc.) deben poder mantener la posición social que a cada uno corresponde en justicia. En caso contrario, si uno de los grupos participantes en el intercambio de bienes se enriquece y mejora excesivamente su propia posición, ello no puede provenir sino de un empobrecimiento proporcional de alguno de los demás sectores sociales, lo cual afecta el equilibrio del conjunto. Así por ejemplo, los comerciantes que perciben ganancias desmesuradas con relación a los beneficios de los productores industriales o agropecuarios, o los grupos financieros que presionan injustamente al sector empresario imponiéndole elevados intereses, so pena de reducir el giro de las empresas o de tener que cerrarlas.

El error liberal

Dichos desequilibrios constituyen la causa de un sinnúmero de tensiones y conflictos de intereses entre grupos, dificultando el normal funcionamiento del cuerpo social.

El liberalismo capitalista ha negado sistemáticamente el principio de reciprocidad en los cambios, con su desmesurado afán de lucro, invocando absurdamente la utopía de que los egoísmos individuales se armonizan espontáneamente; lo cual traducido en buen romance equivale a sostener que cien mil injusticias individuales engendran automáticamente un orden social justo. Olvida el liberalismo capitalista que la riqueza económica de un pueblo no depende solamente de la abundancia global de bienes, sino también, y principalmente, de su efectiva distribución entre todos los sectores, según normas de justicia («Mater et Magistra»). La malicia del liberalismo económico ha quedado definitivamente denunciada por Pío XI en «Quadragesimo Anno» en términos de excepcional vehemencia:

«Salta a la vista que en nuestros  tiempos no se acumulan solamente riquezas, sino también se crean enormes poderes y una prepotencia económica despótica en manos de muy pocos. Muchas veces no son éstos ni dueños siquiera, sino sólo depositarios y administradores que rigen el capital a su voluntad y arbitrio. Estos potentados son extraordinariamente poderosos; como dueños absolutos del dinero, gobiernan el crédito y lo distribuyen a su gusto. Diríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía y que de tal modo tienen en su mano, por así decirlo, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad. Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi originaria de la economía contemporánea, es el fruto que naturalmente produjo la libertad infinita de los competidores, que sólo dejó supervivientes a los más poderosos, que es a menudo lo mismo que decir los que luchan más violentamente, los que menos cuidan su conciencia. A su vez, esta concentración de riquezas y de fuerzas produce tres clases de conflictos: la lucha se encamina primero a alcanzar ese predominio económico; luego se inicia una fiera batalla para lograr el predominio sobre el poder público y, consiguientemente, de poder abusar de su fuerza e influencia en los conflictos económicos; finalmente, se entabla el combate en el campo internacional, en el que luchan los Estados pretendiendo usar de su fuerza y el poder político y económico sean los que resuelvan las controversias originadas entre las naciones» (n° 105-108).

Tres aplicaciones básicas

El respeto de la ley de reciprocidad en los cambios constituye la única posibilidad de poner término efectivo a los intereses legítimos de los distintos grupos y personas. Todo el orden económico debe estar regido por este principio fundamental. Pero dentro de la economía contemporánea existen tres niveles principales que reclaman su urgente aplicación.

En primer lugar, las relaciones entre el sector obrero y el sector patronal. Al respecto cabe reconocer que la institución de las convenciones colectivas, el desarrollo de la legislación laboral y la difusión de los distintos sistemas de seguridad social, constituyen progresos importantísimos en la línea de un real entendimiento entre patronos y asalariados. Mucho queda por hacer, sin embargo, sobre todo en la actividad agropecuaria y en la minería.

En segundo lugar, y en el plano de la economía nacional; las relaciones entre el sector agropecuario, el sector industrial y el sector financiero. Hoy se ha tomado amplia conciencia del desequilibrio existente entre el sector agropecuario y el sector industrial, al desmejorarse progresivamente la situación del primero con relación al segundo por una serie de factores que concurren a limitar los beneficios de aquél, mientras los de este último crecen en proporción constante. Pero se habla demasiado poco de la común sumisión de ambos sectores frente al sector financiero que los domina cada vez más. Anteriormente, el sector industrial coincidía con el financiero, como lo evidencia la crítica marxista al capitalismo, crítica constantemente dirigida al empresariado. Hoy en día, el sector financiero se ha independizado progresivamente del industrial y tiende a dominarlo por las constantes necesidades crediticias de éste y la enorme movilidad de desplazamiento de las inversiones, que pueden cambiar de una empresa a otra, de un sector a otro y de un país a otro, mediante un simple télex, siempre al acecho de rendimiento óptimos.

Finalmente, las relaciones entre economías subdesarrolladas y economías desarrolladas, tema analizado en «Mater et Magistra» y en «Populorum Progressio» y que traduce al nivel de la economía internacional, el desequilibrio antes señalado a nivel nacional. La desproporción entre ambos tipos económicos se traduce en el deterioro progresivo de los países más pobres, deterioro que terminará por alterar la economía de los mismos países desarrollados (cf. Gunnar Myrdal, Solidaridad o desintegración, FCE R. México).

El rol del Estado

Precisamente en este triple nivel de relaciones económicas debe asumir el Estado su función esencial: la de árbitro supremo entre los distintos sectores en conflicto. Como realizador del bien común político, por encima de banderías e intereses sectoriales, el Estado debe asumir dicho arbitraje a fin de dar vigencia práctica al principio de reciprocidad en los cambios. De este modo, la legítima persecución del bien particular que cada grupo procura para sí, se verá contenida dentro de márgenes equitativos, respetando el bien propio de los tres grupos. Así por ejemplo, una legislación tendiente a reprimir monopolios y trusts en tal o cual rama de la producción o de la comercialización, obrará como eficaz defensa de productores y consumidores. La función de arbitraje se verá considerablemente facilitada en la medida en que las distintas profesiones se organicen y vayan asumiendo el rol vital que deben desempeñar en una economía social.

https://vozcatolica.com/deciamosayer/la-justicia-conmutativa-y-la-reciprocidad-en-los-cambios-carlos-alberto-sacheri-1933-1974/

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DISGREGACIÓN POLÍTICA

El artículo 38 de la Constitución Nacional dispone que:

“Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático.

Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información publica y la difusión de sus ideas.

El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de la capacitación de sus dirigentes.

Los partidos políticos deberán dar publicidad del origen y destino de sus fondos y patrimonio.”

Pura letra muerta es todo ello: los partidos son variopintas sectas y facciones animadas solamente para conseguir el poder a cualquier costa y su único objetivo es la rapiña para fines personales. Y corresponde decir que en esa tarea disolvente son apoyados por jueces que utilizan la ideología y no el derecho.

Hoy estamos gobernados por un rejunte político, un conglomerado producto del hartazgo colectivo, resultante de las tropelías de los Fernández. Voté a Milei-Villaruel nada más que para  salir del pozo, a sabiendas de que se trataba del mal menor político, pese a los que insisten obcecadamente en que éste no existe, como si en la vida sólo existen el blanco y el negro. Es inútil discutir con semejantes ideólogos. (Agrego que albergaba cierta expectativa por la candidata a vicepresidente, pero su conducta posterior me desilusionó totalmente)

Volvamos al rejunte: si ya me había disgustando la súbita alianza con Bullrich.-forjada a instancias del petimetre Mauricio-no puedo decir menos que la aparición de Santilli fue peor.(Tanto la actual senadora como el ministro habían sido descalificados duramente por Milei).

En otros tiempos se votaba a partidos, más o menos organizados y uno sabía a qué podría atenerse.

Ahora corremos el riesgo de la disgregación política, con todos los males que conlleva. Para colmo, la susodicha oposición, que, a falta de programa, se limita a insultar a Milei, después de haber dedicado su tiempo a ocuparse de un personaje menor como Adorni, un  ladronzuelo de cabotaje comparado con los K.

No me siento capaz de hacer “futurología”, como hacen los “opinólogos” que nos agobian a través de la TV.

Solamente afirmo que la disgregación política  es sumamente peligrosa para la existencia nacional.

Que el sayo le caiga a quien corresponda. Así las cosas, no debería sorprendernos de que el año próximo Milei siga siendo el mal menor a quien votar.

Un dato más para verificar el fracaso de la inteligencia argentina.

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PERSONAS Y HECHOS ABERRANTES

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FEUERBACH Y RAHNER: LA ANTROPOLOGÍA AL SERVICIO DE LA REVOLUCIÓN

Feuerbach: La esencia del cristianismo

“Dios es el producto del hombre. No es Dios quien crea al hombre, sino exactamente lo contrario. El hombre crea Dios, proyectando en él su propia naturaleza idealizada”

“El ser divino no es otra cosa que la esencia humana, o mejor, la esencia del hombre liberada de los límites del hombre individual”

Carlos Valverde; Los orígenes del marxismo, BAC

“El objetivo perseguido se expresa abiertamente en  el prólogo: sea trata de la inversión total del cristianismo, de reducir la teología a la antropología, mostrando que todos los predicado referidos a Dios se refieren al hombre…”

(Teófilo Urdanoz,Historia de la filosofía,Tomo IV,BAC)

Julio Meinvielle, La Iglesia y el mundo moderno

La Predicación misionera de la Iglesia desalentada en Karl Rahner[1]

Karl Rahner es un teólogo, que ha adquirido gran notoriedad estos últimos años. Su teología se distingue por su fecundidad en suscitar problemas cuya solución lejos de satisfacer, produce malestar. Su problematicismo sistemático engendra legítimamente escepticismo. A su vez, este problematicismo denuncia una evidente falta de claros principios que pueden dejar de ser tales y convertirse en errores si se los desplaza del lugar que les corresponde y se les asigna un lugar y una significación preponderante. Tal, por ejemplo, la enseñanza de la Iglesia de que Dios da la gracia necesaria para la salvación a todo fiel o infiel que hace lo necesario para salvarse, de acuerdo con el axioma teológico que dice: Facienti quod est in se, Deus no denegat gratiam. Al que hace lo que está en sus manos, Dios no niega la gracia. Esta enseñanza tiene especial significación para los infieles que no tienen oportunidad de recibir la influencia del cristianismo. Aunque esta verdad sea manifiesta, como luego veremos, no hay que asignarle en el plan cristiano de la Iglesia y de la Salvación un lugar primario como si luego la incorporación a la Iglesia visible e histórica no fuera tan necesaria y ocupara sólo un lugar secundario o de supererogación. Porque las cosas se ordenan precisamente al revés.

La Revelación cristiana está toda ella dirigida a exponer el Plan de Dios sobre la Salvación con la venida de Jesucristo a este mundo y con la fundación de la Iglesia, como medio necesario para la Salvación. Este es el camino ordinario y necesario por el que Dios salva a los hombres. A los que sin falta propia no pueden echar mano de este medio, Dios, en sus misteriosos designios, les ha de hacer llegar su gracia —gracia sobrenatural— por caminos que sólo El se reserva, de suerte que puedan salvarse.

Karl Rahner, S. J. ha sistematizado, quizás con excesiva fuerza, lo que él llama un cristianismo invisible, que sería efecto de una “consagración de la Humanidad por la Encarnación del Verbo”. “Al hacerse hombre el Verbo de Dios, dice Rahner, la Humanidad ha quedado convertida real-ontológicamente en el pueblo de los hijos de Dios, aún antecedentemente a la santificación efectiva de cada uno por la gracia”[2]. “Este pueblo de Dios que se extiende tanto como la Humanidad”… “antecede a (la) organización jurídica y social de lo que llamamos Iglesia”[3]. “

Por otra parte, esta realidad verdadera e histórica del pueblo de Dios, que antecede a la Iglesia en cuanto magnitud social y jurídica… puede adoptar una ulterior concretización en eso que llamamos Iglesia”[4]. “Así, pues, donde y en la medida que haya pueblo de Dios, hay también ya, radicalmente, Iglesia, y, por cierto, independientemente de la voluntad del individuo”[5]. De aquí se sigue que todo hombre, por el hecho de ser hombre, ya pertenece, radicalmente, a la Iglesia. Esta pertenencia radical implica una actualidad de pertenencia que no era admitida por Santo Tomás, quien habló sólo de pertenencia en potencia[6], y que es la admitida corrientemente hasta aquí por los teólogos. Esta pertenencia actual, aunque no plenamente desarrollada, da todo derecho para que consideremos y llamamos “cristiano” a todo hombre por ser hombre. Si luego este hombre “asume totalmente su naturaleza humana concreta en su decisión libre”[7], “asume toda su concreta realidad de naturaleza”[8] y “la incorporación al pueblo de Dios se convierte en expresión de este acto

justificante”[9]. En Rahner, por consiguiente, un infiel que sin culpa no pertenece a la Iglesia visible, pero que acepta con decisión personal, su naturaleza humana concreta (que ha sido consagrada por la Encarnación del Verbo) no sólo es cristiano invisible, sino que con esta decisión personal y libre, queda justificado.

Esta opinión de Rahner, S. J., sobre un cristianismo invisible que podría justificar a un infiel, aunque no ponga ningún acto de contenido propiamente sobrenatural; es sin duda atrevida y aunque pudiera ser defendida legítimamente dentro de las opiniones católicas, no debe ser destacada en forma tal que haga debilitar verdades fundamentales y primeras de las enseñanzas católicas.

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CUESTIONES VARIAS

LA ECONOMÍA LIBERAL

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.

La burguesía despojó de su halo de santidad todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían a la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares.

 

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GALERÍA DE INMUNDICIAS (DEMÓCRTAS USA, UNIVERSIDAD NACIOAL DE QUILMES)

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CUESTIONES VARIAS

Escribo esto como nacionalista católico que soy. Por lo tanto no rechazo la herencia del buen conservadorismo argentino

¡Viva Don Manuel Fresco!

Hayek ¿Por qué no soy conservador?

En Las fuentes de la libertad, afirma el capanga de la denominada Escuela Austríaca de Economía

“En un solo aspecto puede decirse con justicia que el liberal se sitúa en una posición intermedia entre socialistas y conservadores. En efecto, rechaza tanto el torpe racionalismo del socialista, que quisiera rehacer todas las instituciones sociales a tenor de ciertas normas dictadas por sus personales juicios, como del misticismo en que con tanta facilidad cae el conservador.

El liberal se aproxima al conservador en cuanto desconfía de la razón, pues reconoce que existen incógnitas aún sin desentrañar; incluso duda a veces que sea rigurosamente cierto y exacto todo aquello que se suele estimar definitivamente resuelto, y, desde luego, le consta que jamás el hombre llegará a la omnisciencia. El liberal, por otra parte, no deja de recurrir a instituciones o usos útiles y convenientes aunque no hayan sido objeto de organización consciente. Difiere del conservador precisamente en este su modo franco y objetivo de enfrentarse con la humana ignorancia y reconoce lo poco que sabemos, rechazando todo argumento de autoridad y toda explicación de índole sobrenatural cuando la razón se muestra incapaz de resolver determinada cuestión. A veces puede parecernos demasiado escéptico pero la verdad es que se requiere un cierto grado de escepticismo para mantener incólume ese espíritu tolerante típicamente liberal que permite a cada uno buscar su propia felicidad por los cauces que estima más fecundos.

De cuanto antecede en modo alguno se sigue que el liberal haya de ser ateo. Antes al contrario, y a diferencia del racionalismo de la Revolución Francesa, el verdadero liberalismo no tiene pleito con la religión, siendo muy de lamentar la postura furibundamente antirreligiosa adoptada en la Europa decimonónica por quienes se denominaban liberales. Que tal actitud es esencialmente antiliberal lo demuestra el que los fundadores de la doctrina, los viejos whigs ingleses, fueron en su mayoría gente muy devota. Lo que en esta materia distingue al liberal del conservador es que, por profundas que puedan ser sus creencias, aquél jamás pretende imponerlas coactivamente a los demás. Lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse”.

Notas del Fusilero

1)En el Diccionario Político de Ashfor y Davies se defines al conservadurismo como “un conjunto de más o menos bien definido de políticas diseñado para preservar lo mejor de lo que se heredado a la luz de las circunstancias cambiantes y no anticipadas”

Esto supone que,, al oponerse al conservadorismo, Hayek no quiere preservar “lo mejor de lo que se ha heredado”, introduciendo un principio revolucionario  y utópico, que afecta al mimo ser del hombre, que no puede desprenderse, asi como así, ni de su propio pasado ni el de su comunidad.

2)Es una exageración sostener que el conservadorismo “cae con facilidad en el místicismo” sin hacer ninguna distinción entre los principales pensadores de  corriente. Quizá el sayo pueda caberle, en parte, a De Maistre, pero de ninguna manera al  ilustre irlandés Burke, autor de un texto fundacional como Reflexiones sobre la Revolución Francesa

3)Pero  Hayek acierta al decir que el liberal “rechaza todo argumento de autoridad y toda explicación de índole sobrenatural”, aceptados por todo ser humano sencillo y normal. Dicho de otra forma, el liberalismo “muy humano” no es.

4)También no falta a la verdad cuando sostiene que “el escepticismo es necesario para” mantener incolumne el espíritu tolerante típicamente liberal”. (que los liberales son tolerantes es un cuanto chino: díganselo a Locke y sus secuaces))

Deja constancia entonces  del repudio a toda apertura a la trascendencia,  consagrando así la total autonomía del hombre respecto a Dios. Podrá haber liberales no ateos, pero no van más allá del deísmo.

5)Y despacharse con eso de que  “cada uno busque la propia felicidad  por los cauces que estime más fecundos” es dar piedra libre al capitalismo más despiadado y a la plutocracia.

6)En resumen, con el planteo de Hayek, se liquida todo recurso a la tradición histórica de los pueblos cristianos, nada más ni nada menos. Maligna faena del capitoste, pues. Quizás  en otro momento volvamos sobre el tema. Por último señalo que Hayek era un hombre inteligente y agudo que, a pesar de su liberalismo, cuestionó al estatismo y al socialismo. Algo de conservador tendría en el fondo.

Poco o nada que ver, por cierto, con sus menesterosos seguidores locales.

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